EL PRADO DE LAS LUCES
Mi niñez transcurrió feliz y sin sobresaltos en el caserío de mi madre. La familia llevaba generaciones
viviendo en aquellas tierras, en un entorno privilegiado. Entre las paredes de piedra, y respirando el aroma
de la hierba fresca. La ilusión de mi madre era que yo me quedase con el caserío cuando ella faltara. Era el
legado de las mujeres de mi familia.
Recuerdo los madrugones para ordeñar nuestras 4 vacas antes de ir a clase, y los correteos por los verdes
prados. Recuerdo también cuando bajábamos a la playa, a escasos ciento cincuenta metros del caserío.
Yo dormía en la planta alta del caserío. Debajo del tejado. En una habitación abuhardillada en la que me
quedaba dormida viendo las estrellas desde la ventana. Es increíble la de estrellas que se ven en el cielo
cuando no hay luces alrededor. Y alrededor del caserío no había ninguna luz. Solo una oscura calma que lo
envolvía todo.
Fueron días felices, hasta que comenzaron a aparecer las luces en el prado de abajo.
Entonces yo ya era una joven crecidita. Tenía 17 años. Me revoloteaban por la cabeza los chicos del
instituto. Sobre todo uno que se llamaba Unai.
Una noche estaba contemplando las estrellas y pensando en Unai cuando un resplandor apareció en la
playa. Pensé que alguien estaba allí con una linterna. Pero debía ser una linterna muy potente, pues la luz
era muy fuerte.
Enseguida pude ver que no era una linterna, ya que aquella luz se dirigió de manera increíblemente rápida
hacia el prado que había junto al caserío. En dos segundos recorrió cien metros, y paró en seco. Además,
ahora, más cerca, podía ver que aquello era una bola de luz. Una bola de luz blanca que mediría unos
cuarenta centímetros de diámetro, y que flotaba en el aire en el prado, a unos tres metros del suelo. Estaba
claro que eso no era una linterna.
Momentos después otra bola apareció en la playa. Hizo el mismo recorrido, y se detuvo a pocos metros de la
anterior.
No me atreví ni siquiera a pestañear. Tras un par de minutos, que a mi me parecieron eternos, las bolas de
luz se fueron por donde habían venido. Yo no pude dormir en toda la noche intentando dilucidar qué era
aquello que había visto.
Por la mañana, al contárselo a mis padres, intentaron convencerme de que todo había sido un mal sueño.
Que ellos hubieran oído algo, que los perros hubiesen ladrado, que el caballo se hubiese inquietado…
Intenté convencerme a mi misma de que todo había sido una pesadilla, hasta que días después, la visión se
repitió. Esta vez no me quedé parada. Fui a la habitación de mis padres, pero ellos dormían profundamente,
y me fue imposible despertarlos. Lo mismo ocurría con mis hermanos. ¿Qué era lo que estaba pasando?
¿Por qué nadie se despertaba, y yo era la única que veía las luces?
Las luces se volvieron a marchar.
Por la mañana, hablé de nuevo con mis padres. Volvieron a decirme que habría sido una pesadilla. No quise
llevarles la contraria, pero yo sabía que lo que había visto no había sido producto de un sueño. Lo que había
visto era real.
Parecía que todo se había calmado, cuando semanas después, las luces volvieron. Pero esta vez no se
quedaron en el prado. Llegaron hasta el caserío. Pararon frente a mi ventana. En caso de haber estado
abierta, podría haber tocado esas bolas de luz con mis manos. Salí corriendo de mi habitación, y fui de
nuevo a despertar a mis padres. Fue imposible. En mi desesperación abofeteé a mi madre, pero ni aún así
hubo reacción por su parte. Estaba profundamente dormida.
Cuando volví a la habitación, quedé bloqueada por el pánico: Las luces no estaban fuera. Pero dentro de mi
habitación se encontraban dos seres. Con apariencia vagamente humana, pero inexpresivos, como sin vida.
Lo que más me atemorizó fueron sus ojos oscuros carentes de cualquier tipo de expresión. Yo no podía
moverme. Pero ellos tampoco parecían tener la intención de hacerlo.
Oí una voz. De hecho no creo que la oyese, sino que la voz sonó dentro de mi cabeza. Además, aquellos
seres no movieron sus labios para decir nada.
- No tengas miedo – Sentí decir en mi interior – No te haremos daño.
Solo queremos estudiarte. Solo queremos observarte. Tenerte vigilada. Ver como eres, como actúas, qué es
lo que haces.
- ¿Para qué? – Pensé - ¿Qué son estos seres, por el amor de Dios?
- Venimos de muy lejos. Demasiado lejos como para explicarte nuestro origen. Necesitamos mimetizarnos
con vosotros, los habitantes de este planeta. Os hemos escuchado y comprendemos vuestras lenguas tras
varios años de escuchar atentamente las emisiones que vosotros llamáis “radio y televisión” y que son
captadas por nuestras sondas de exploración. Ahora necesitamos comprender vuestros cuerpos. Como
funcionan, como viven, como sienten. Sin entender eso, jamás podríamos llevar una existencia discreta
entre vosotros. Ahora debemos marcharnos, pero volveremos a vernos. Aún necesitamos aprender más,
para poder asemejarnos más a vosotros.
Y marcharon como habían venido. Se desvanecieron y las bolas aparecieron tras la ventana. Volaron
fugaces hasta desaparecer en la playa.
Cuando amaneció, hablé con mi madre. Esta vez no pudo convencerme con el argumento de la pesadilla. Yo
podía haber soñado que iba a su habitación y le daba una bofetada. Pero, ¿por qué tenía ella entonces la
cara amoratada? Y aún si en sueños hubiese ido y la hubiese golpeado, ¿por qué no había reaccionado ella
si no se encontraba anormalmente inducida al sueño?
De todas formas, no me creyó y opté por no decirle nada en caso de que hubiesen encuentros posteriores. Y
vaya que si los hubo…
Fueron varios a lo largo de siete meses. Los seres venían. Entraban en mi habitación mientras yo dormía. En
otras ocasiones yo les veía llegar desde la ventana. A veces simplemente se quedaban quietos,
observándome, y en otras ocasiones, en las que yo me encontraba paralizada en la cama, me aplicaban
extraños objetos, me extraían sangre, exploraban cada rincón de mi anatomía. Siempre sin decir nada. No
volvieron a hablar desde la primera vez que lo hicieron.
Y yo seguía sufriendo en silencio aquella agonía. Sin decir nada, por temor a ser tomada por loca por mi
propia familia.
A duras penas conseguí ese año terminar el curso en el instituto, y pensando que la única solución sería
poner tierra de por medio, me fui a estudiar a una gran ciudad, a varios cientos de kilómetros de mi caserío.
La separación fue dura, pero más duro sería quedarme y seguir sufriendo las visitas de esos seres, que
aunque cada vez tenían una apariencia más humana, seguían manteniendo ese halo de frialdad y oculta
maldad que los caracterizaba.
Los primeros meses en la universidad fueron buenos. Ya no me acordaba a diario de los seres que visitaban
mi dormitorio. Ya no tenía pesadillas constantes que hacían que me despertase bañada en sudor en medio
de la noche. La actividad en el campus era frenética y divertida. Dormía en una residencia junto con otras
treinta chicas. No tenía tiempo para aburrirme, y lo que es más importante, no tenía tiempo para pensar.
Una noche, cuando menos lo esperaba, al entrar en mi habitación, me encontré con uno de esos seres allí.
Esperando. Me dijo que no merecía la pena que escapase. Que siempre sabrían donde estaba, y que nunca
cesarían de vigilarme e investigarme. Al momento se materializaron en la habitación otros tres seres. Yo ni
siquiera intenté salir a buscar ayuda. Sé lo que había en el exterior. Toda la gente dormida. Sin poder hacer
nada por ayudarme. Esa noche me sometieron a pruebas médicas terribles y dolorosas.
Recuerdo que yo gritaba y cuando los seres se fueron seguí gritando. Y mis compañeras de residencia
vinieron a ver qué me ocurría.
Después, una ambulancia, oscuridad Preguntas y más preguntas, y después de todo, una camisa de fuerza.
Estoy encerrada en una habitación acolchada, amarrada para impedir que me autolesione.
Y lo peor de todo es que ellos ya están aquí. Ya están mezclados entre nosotros. Yo se que ese doctor que
me vigila, es uno de ellos. Lo sé por como me mira cuando hablo de ellos, y lo se porque me dice:
- No deberías hablar de estas cosas. Ya sabes lo que te dijeron que ocurriría si divulgabas su existencia. Y
no sabes cuando pueden estar cerca…
Yago Dion © Mayo 2006