LA 505
Las intensas nevadas habían causado un retraso de media hora en el tren en el que viajaba. Por eso perdí por
unos minutos el transbordo que tenía que realizar, en aquella estación perdida en medio de ninguna parte.
Me vi entonces obligado a pasar la noche en aquel pueblucho de cuatro casas, dos bares y una pensión. Llamé a
mi mujer y a la oficina, para avisar de mi retraso, y me dirigí a la pensión, si es que se podía llamar así al
establecimiento.
En el exterior, la descuidada fachada me causó ya desde el principio una impresión de desasosiego. De escasa
preocupación y limpieza. Pensandolo bien, era el único lugar en el que dormir… No había competencia. Era eso
o nada, asi que… ¿Para que preocuparse por mantenerlo atractivo?
La recepción no me dio mejor espina. Tras un mostrador de madera ajada y descolorida por los años, un señor
de unos 50 años, despeinado, y con la camisa lo suficientemente sucia y arrugada como para delatar que llevaba
utilizándose varias semanas seguidas, me asignó la habitación 504, y me cobró.
- Quinta planta a la derecha. – Me dijo – El ascensor no funciona. Suba por la escalera. Los servicios y las
duchas están al final del pasillo.
La escalera de madera, crujía al pisar cada peldaño. Un papel floreado demasiado raído en las paredes, y las
esquinas del amarillento y alto techo de escayola llenas de telarañas, me avanzaban poco a poco la información
de cómo sería la habitación en la que me iba a alojar.
- Solo será una noche - Pensé – Una noche nada más.
En la quinta planta, el panorama no era menos desolador: Un pasillo oscuro, insuficientemente iluminado por
unos apliques destrozados, y en su mayoría fundidos.
Una tira de alfombra en el suelo, totalmente desgastada y suciedad en las paredes.
Llegué a la habitación 504. Al introducir la llave en la cerradura, me di cuenta de que no iba a ser tarea fácil
abrirla. Tras varios intentos, la llave giró, y al empujar la puerta de madera hinchada, tuve que hacer fuerza para
desencajarla de su marco y abrirla.
No existía ni la sombra de lo que había visto en los hoteles a los que estaba habituado. Ni televisión, ni hilo
musical, ni baño privado, ni mini-bar… Un catre roñoso, un armario desvencijado, una mesilla con una lámpara
que se deshacía a cachos, un lavabo, sobre el cual colgaba un espejo de esos pequeños con marco de plástico,
y una silla. Ese era el parco mobiliario de la habitación, que parecía mas la celda de un monasterio de clausura,
que un dormitorio de hotel.
Dejé mi bolsa de viaje sobre la cama, y bajé a recepción a preguntar por un sitio donde cenar decentemente. El
viejo me informó:
- La taberna de la esquina da buenas cenas, con alimentos frescos de la región. Diga que está alojado en la
pensión y le trataran bien. Llevese las llaves. A partir de las diez y media se cierra la puerta de entrada. No hay
nadie en recepción hasta las ocho de la mañana. Si tiene intención de partir antes de esa hora, deje la llave
sobre el mostrador.
- No. – Dije – Mi tren no sale hasta las 12 del mediodía, así que aprovecharé para descansar.
Salí de la pensión, y me dirigí a la taberna. La verdad es que no estaba mucho más cuidada que la casa de
huéspedes, pero la comida estaba bien. Una apetitosa ensalada y una buena ración de carne braseada bastaron
para dejarme satisfecho. Decidí no pedir vino, y cené con agua.
Pagué y volví a mi triste y decadente habitación con intención de acostarme de inmediato, pues no había muchas
más alternativas en aquel lugar. Por el pasillo me encontré con algun otro cliente de la pensión. Sinceramente,
hacían juego con el entorno. Me sentía totalmente fuera de lugar.
Al meterme a la cama, me percaté de lo húmedo y blando que era el colchón, y de que las sabanas olían a
rancio. A saber desde cuando no se utilizaba esta habitación…
Cuando conseguí encontrar una postura relativamente cómoda, y ya empezaba a vencerme el sueño, comencé a
oir al otro lado de la pared, tras el cabecero de mi catre, las voces de un hombre y una mujer que discutían a voz
en grito.
- Esta noche va a ser muy larga – Pensé
El tono de la discusión iba aumentando. Yo no lograba entender lo que decían, no se en que idioma hablaban,…
pero el argumento no debía ser conciliador, desde luego. Además, el sonido llegaba levemente apagado por el
tabique, de forma que resultaba un poco extraño… como cuando metes la cabeza en el agua de una piscina y
escuchas los ruidos del exterior.
Mire el reloj. Las dos y media de la madrugada. La discusión parecía decrecer por momentos, pero al de unos
instantes, volvía a ser fuerte. Pensé en llamar a recepción… pero… En recepción no encontraría nadie hasta las
ocho de la mañana… Además, no había teléfono.
.
Por supuesto que yo no iba a ir a llamar a la puerta, y pedirles silencio… No quería interrumpir a unas personas
tan crispadas. Entre otros motivos, porque no tenía ninguna intención de volver a mi casa con un ojo morado o
algo por el estilo…
A eso de las tres, empezaron los golpes. Puedo jurar que la pared vibraba. Eran golpes como si alguien
estuviese machacando algo contra el tabique. La mujer gritó. Los ruidos cesaron. Al de diez minutos, se oyó un
golpe, como el de un mueble caer, y no se volvió a escuchar nada más.
Cuando por la mañana desperté, salí directamente de la habitación, sin pasar por la ducha. Ya me ducharía al
llegar a casa. Me había bastado con abrir el grifo del lavabo de mi habitación y ver el agua marronacea para que
se me quitaran las ganas.
Al bajar a recepción, el viejo, con la misma sucia camisa, me dijo:
- ¿Qué tal ha dormido el señor?
- Muy mal – contesté – Los clientes de la habitación de al lado no han dejado de hacer ruido hasta las tres y pico
de la madrugada.
- ¿La habitación de al lado? – Me preguntó – Que extraño…
- Si, si. La 505, me he fijado en el numero al salir.
- Me temo que eso es imposible señor. No hay nadie alojado en esa habitación.
- Pues le juro que había alguien gritando y haciendo ruido.
- Le aseguro, señor, que en esa habitación no hay nadie – respondió con semblante serio – esa habitación dejó
de utilizarse hace diez años, cuando un matrimonio turco, tras una fuerte discusión, acabó en desgracia: El la
mató a ella estrellando su cabeza contra la pared repetidas veces, y luego se colgó de la lámpara subiendose a
la silla de la habitación…
Yago Dion © Julio 2006