EL FANTASMA
FOTÓGRAFO
Hace varios meses, algo extraño ocurrió en mi casa. Algo que me llevó a cambiar de domicilio en cuanto
pude.
Yo vivía solo, o eso creía, en un pisito en una céntrica avenida de la ciudad. Trabajo como fotógrafo de
prensa, por lo que tenía unos horarios poco convencionales. Lo mismo un día no trabajaba, como al día
siguiente pasaba 30 horas seguidas cubriendo una noticia.
He de reconocer que desde que llegué a ese piso, observé cosas curiosas. En ocasiones, trabajando con mi
ordenador en penumbra, a altas horas de la noche, veía por el rabillo del ojo algo que cruzaba veloz de lado
a lado de mi estudio. Yo lo achacaba al cansancio, ya que al volver la mirada, nunca veía nada.
Hasta que un día lo vi.
Me encontraba en la cama. En ese estado de duermevela que se produce cuando te estas quedando
dormido, pero por tu cabeza rondan cosas como qué trabajo te queda por hacer, dónde iras a pasar el fin de
semana,…
Entonces, con los ojos entrecerrados pude ver algo que cruzaba rápidamente por delante de la puerta del
dormitorio, que como siempre, estaba abierta. Como es comprensible, me sobresalté. ¿Había entrado
alguien en mi casa? Intenté escuchar atentamente. Nada. Silencio absoluto. De hecho la noche estaba más
silenciosa que de costumbre. Ni una voz en la calle, ni un coche,… ni siquiera el ruido de la nevera en la
cocina.
Decidí levantarme de la cama, y recorrer la casa. Si había un ladrón, lo pillaría con las manos en la masa.
Como no quería salir al pasillo desarmado, agarré una figura de piedra que tenía sobre la mesilla de noche.
Una pesada figurilla traída de alguno de mis viajes.
Creo que debía tener un aspecto ridículo: Caminando de puntillas, desnudo, y con una figura de piedra en la
mano, a modo de garrote.
Tras mi ronda por toda la casa, volví a la cama, sin haber visto nada, llamándome imbécil a mi mismo, por
haberme asustado por “algo que creía haber visto”. Cuando me disponía a franquear la puerta de mi
dormitorio, me llevé el susto de mi vida. Un señor mayor, con el rostro huesudo, blanquecino, con ropas
oscuras, y que no tenían nada que ver con esta época, se encontraba tumbado sobre mi cama. Mirándome
con cara de angustia.
Creo que pegué un salto y ahogué un grito. En ese momento todas mis ideas quedaron bloqueadas. ¿Quién
era ese hombre? ¿De dónde había salido? ¿Qué hacía en mi cama? ¿Por qué resultaba tan extraño?
Su apariencia etérea, como disuelto en el aire, me aterraba. Era evidente que aquello no era un hombre real,
pero… yo nunca había creído en fantasmas. Aquello tenía que tener una explicación.
En un momento de frialdad, corrí a mi estudio, en busca de mi cámara de fotos. Volví al dormitorio, y
mientras enfocaba la imagen del ser y ajustaba el obturador y el diafragma… simplemente se desvaneció. No
me dio tiempo a disparar la foto. Definitivamente, lo que me había ocurrido no era normal. Tampoco era una
pesadilla, porque estaba bien despierto.
Esa noche no quise dormir en la cama. Fui a la sala y me quedé allí, tumbado en el sofá, con la cámara entre
las manos, en posición de automático, para sacar una foto inmediatamente si el fantasma volvía a aparecer.
Poco a poco, el sueño y el cansancio fueron venciéndome. Al despertar, bien entrada la mañana, mi cámara
se encontraba sobre la mesa de cristal junto al sofá.
- ¡Que extraño! – Pensé – Juraría que la tenía entre las manos. Lo lógico hubiera sido que siguiera allí, por el
sofá, o como mucho, tirada en el suelo. ¿Pero que hace encima de la mesa?
Me encontraba con la mosca detrás de la oreja, después de los acontecimientos de la noche anterior.
Ese día tenía una cita programada. La inauguración de una exposición en una galería de la ciudad. Había
quedado con el periodista a las 3 de la tarde. Hizo la entrevista, y yo realicé varias fotos al pintor y a sus
cuadros.
Cuando volví a casa, me dispuse a cenar mientras volcaba las fotos de la cámara al ordenador. Mi sorpresa
fue mayúscula al descubrir que entre las fotos del día anterior, y las de la galería, había una foto más. Una
foto que yo no había tomado. Era yo, durmiendo en mi sofá… Pero… ¿Quién había tomado esa foto? ¿Quién
había cogido la cámara, la había disparado, y la había dejado sobre la mesa de cristal?
Enseguida sospeché del señor de mi cama… Ya era demasiado tener un fantasma en casa, como para que
además, el susodicho se entretuviese haciéndome fotos mientras dormía. Esa misma noche, dormí en un
hotel, y al de una semana, estaba en una nueva casa, en la que los sucesos extraños no se han vuelto a
repetir.
Yago Dion © Noviembre 2006