ENMA Y LA PLAYA
Como tantas y tantas veces, aquella noche caminaba por la playa. No hay sensación comparable a notar la
húmeda arena bajo los pies descalzos, con las cadentes y suaves olas jugando entre los dedos, bajo el
conjunto de los astros en la luminosamente negra bóveda despejada del verano.
Una lánguida luna bañaba en tonos plateados la pequeña cala. Y la leve brisa llenaba mis pulmones con el
inconfundible aroma del salitre. Un verdadero paraíso terrenal. Un remanso de paz, que por la mañana se
vería roto por la luminosidad del día y el alboroto de los bañistas y otras personas dispuestas a tostarse
bajo los sólidos rayos del sol.
No era mi estilo. Prefería la playa en la tranquilidad de la noche, en soledad, o en la lejana compañía de otras
personas, que como yo, disfrutaban y respetaban su calma.
Estaba pensando, en esto… en el sosiego que la playa me transmitía, y sin darme cuenta, recorrí todo lo
largo de la orilla, traspasando sin ser consciente de ello los límites de la arena, y pasando a la orilla rocosa
de debajo del acantilado.
No me hacía mucha gracia esa zona de la cala. Las rocas, en la oscuridad, podían ser muy traicioneras. Un
mal paso, un patinazo, o una roca mal asentada en el suelo, podían ser la causa de una torcedura en un pie,
o algo peor.
Pero algo me empujaba esa noche a caminar en esa dirección. Algo que no sabría describir… Quizá fuese el
sabor fresco del riesgo, o algún tipo de intuición extraña.
Continué caminando por las rocas, extremando el cuidado. Aquí el sonido de las olas se me antojaba
distinto. En esta zona pegaban más duro, y el sonido al romper contra la piedra no era el mismo que al
deslizarse hasta morir sobre la arena.
Casi sin darme cuenta, al ir a subir sobre una gran roca desprendida del acantilado, me topé con una joven,
allí sentada, observando las olas.
A la luz de la luna se la veía blanquecina y frágil. Pequeñas lágrimas se desprendían de sus ojos. Pero lo
extraño es que su rostro no reflejaba tristeza, ni alegría, ni dolor, ni nada que pudiese justificar las brillantes
gotas que brotaban de su mirada.
- ¿Te encuentras bien? – Pregunté.
- Creo que si. – Contestó ella.
- Lo siento, no quería molestar. Estaba subiendo esta roca, y de repente me encontré frente a ti.
- No te preocupes. Nada sucede porque sí. Si te has topado conmigo, es porque tenías que hacerlo.
- No comprendo – Respondí extrañado.
- Verás. Es la primera vez que vengo a estas rocas. – Me confesó – Nunca antes las había visto tan de cerca,
aunque en muchas ocasiones las he mirado desde la parte superior del acantilado. Pero hoy necesitaba
estar aquí abajo. Hoy necesitaba alejarme de todo y llegar hasta aquí. Siempre he llevado una vida
condenada a ver las cosas que me quisieran llevar a ver. Siempre me han sobreprotegido. Nunca he podido
decidir hacer nada por mí misma… Pero esta noche, he reunido todas mis fuerzas, necesitaba romper con
todo, y venir aquí, como tantas y tantas veces había soñado.
- ¿Y por que no viniste antes?
- Porque no podía, ¿no lo entiendes? Ahora, por fin, puedo respirar la libertad. Sentirme ligera, no ser
dependiente de las personas y el entorno que me rodeaban hasta esta noche,
- No te entiendo.
- Esta muy claro. ¿No te has fijado? Está ahí, tras esa roca.
Me volví a mirar donde la joven me indicaba, y lo que vieron mis ojos me heló la sangre: Una silla de ruedas,
completamente destrozada. Un amasijo de hierros entre los que reposaba inerte una masa sanguinolenta. Un
cuerpo estrellado. Una joven blanquecina y frágil. Cuando volví la mirada, la joven ya no estaba allí.
Entonces lo comprendí todo. Asustado, con cierto regusto a repugnancia, pero sobre todo impactado por lo
sucedido, volví como pude al pueblo, y desde el primer teléfono público que encontré llamé a la policía. De
manera anónima les dije que había un cuerpo en la cala de roca de St. Louis. Una joven en silla de ruedas,
que probablemente se había caído o tirado desde el parque que se encontraba en la cima del acantilado.
Al día siguiente, la noticia aparecía en los periódicos. Enma, una joven de 23 años, postrada en una silla de
ruedas desde su infancia, había escapado de su casa durante la noche. Inexplicablemente, nadie la había
oido salir. Nadie sabía como, en su estado, había conseguido llegar hasta el parque de St. Louis, y se había
lanzado acantilado abajo, donde una llamada anónima a la policia, había advertido de la presencia del
cuerpo.
Nadie había conocido sus motivos. Sólo me los había revelado a mi, de una forma un poco extraña… Pero yo
sabía que Enma ya tenía lo que buscaba. Yo sabía que ella no era feliz con su existencia, y que ahora Enma
era libre.
Yago Dion © Marzo 2006